Una de las cosas que más me hace pensar en dónde estoy o hacia dónde voy es mi cumpleaños. Lo he pasado solo, lo he pasado acompañado, triste o feliz; pero siempre pensando en mi pasado y mi presente.
Cosa curiosa es que para finales de diciembre la mayoría de la gente tiene su etapa de reflexión, yo, estoy aplicando posiblemente mi plan de acción para modificar lo malo y para seguir disfrutando lo bueno que sé que tengo. Para esas fechas mi revisión anual acaba de pasar y me quedan 11 meses para la siguiente. Este año esa época de reflexión me llegó.
Siendo 11 (once) de noviembre de 2013 (dos mil trece), en pleno uso de mis facultades mentales, declaro:
Hoy recuerdo con nostalgia mi recuperación de la hepatitis, los momentos en los que era el sobrio por obligación y aún así no dejé de divertirme a lo grande, recuerdo estar un poco harto de las matemáticas, me tomé un descanso en cuanto a las relaciones porque sentí que necesitaba madurez y decidí retomar ese rubro estando seguro de lo que quiero. Cosas de la vida: mi salud física está mejor que nunca, recuperé mi gusto por las matemáticas con unas merecidas vacaciones que hoy me tienen pleno en ese aspecto, estoy con la mujer más maravillosa del mundo; me quiere, la quiero, somos una pareja diferente a las demás.
Hay momentos en la vida de cada persona, logros profesionales, el nacimiento de un nuevo bebé -el primero tal vez-, la boda del mejor amigo, encontrar un nuevo amigo, una graduación. Nada se compara con encontrar a tu otra mitad. Tal vez cada persona sea un gajo de una mandarina, que acompañado de sus virtudes llegan a ser una proporción de una única fruta madura, que cuando llega un otro, con la cantidad precisa de gajos, que se embona a la perfección cuidadosamente haciendo un total de gracias y desgracias adecuadas para ser dignos uno del otro, como un complemento evidente a la vista de cualquiera, y de ellos mismos.
No me queda más que pensar en mi futuro: mi media mandarina.
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