Janeth, mi amada Janeth, hace unos días fui a Guanajuato. Espero me perdones por no compartir el viaje contigo, ya sabes cómo es Alfonso, impulsivo y fiestero.
Prefiero escribirte una carta que decírtelo en persona porque sé que así pensarás un poco antes de enojarte.
El viernes salí con los chicos. Tenía tanto sin verlos. Entre la charla hablamos de todo, los niños, la casa, de nuestras mujeres (tú entre ellas, no te preocupes). Lo admito, se nos pasaron las copas un poco y tomamos un camión para Guanajuato. Aún tengo amigos allá. Israel, ¿lo recuerdas? El de las bromas, bueno, nos quedamos con él.
Esta vez vi a Guanajuato diferente, creo que nunca había estado por acá en octubre. Bueno, llegamos. Me vas a decir tonto pero hasta que puse un pie abajo del camión me di cuenta del tiempo que ha pasado desde que me fui de Cuévano, como lo llamaba Ibargüengoitia. Guadalajara es bonita, es nuestra ciudad, ya lo sabes, tequila, mariachi, y bellas mujeres, como tú. Guanajuato tiene algo especial que no había notado. Dormimos en el camino y cuando al fin estuvimos en la central de camiones olvidé qué ruta iba para la casa de Israel. Tomamos un taxi. Qué buen tipo nos trasladó, le dicen “el cafre”, qué apodo ¿no? Al parecer pensó que nunca habíamos estado por acá, le dije que a Valenciana y nos llevó por el rumbo de embajadoras, después compuso un poco por el centro, y entre la plática y la oscuridad de los túneles le pregunté de las remodelaciones del Cantador y Pastitos. Creo que le dio pena cobrar de más. Bueno nos contó buenas historias del rumbo y de cómo era el Cervantino en otros tiempos, en tiempo de dinero decía él. Me cayó bien.
Cuando al fin llegamos a la casa de Israel nos recibió con una cerveza. No te enojes pero no pude decir que no, ni Jorge, ni Alfonso pudieron negarse y entre la sed y la resaca decidimos comprar un par más cada quien. Hablamos acerca de tantas cosas, me contó que ha llovido mucho y no lo dudé, deberías de ver
las fotos que tiene del Orito, es tan verde, me da un poco de envidia pero lo disfruté. Le pregunté de las actividades en el centro. Esperaba que me llevara a algún concierto, de esos del Teatro Principal, con el coro de la Universidad, recuerdo cuando fuimos y escuchamos a la orquesta, te vi muy contenta y eso valió la pena. O a un bar de esos a los que íbamos, como el famoso bar que está frente al teatro, justamente, no sé, algo de lo que me narraban las personas que iban a vivir el Cervantino. No hicimos nada de eso.
Después de unas cervezas, ya animados nos decidimos a salir, no sin antes dar una vuelta por el barrio, Mimí, ¿recuerdas a Mimí? aún tiene la tienda y platicamos un poco. En la plazuela seguía oliendo a turismo y escuchábamos el típico grito de “acomódate para la foto” con sus variantes, o los comentarios acerca del templo de San Cayetano hablando de lo bello que está por dentro, corrían niños por todos lados, las mamás que como siempre que permiten que los niños se cuiden en extremo, bueno, había mucha gente, ya sabrás el alboroto.
Tomamos el camión de Cristo Rey para ir al centro, se llenó como en los tiempos en los que estudiábamos por acá, aunque íbamos un poco apretados empezamos a hacer planes y entre ellos estaba el de ir a comer al Truco o al Santo, esos lugares que siempre hay comida aunque rara vez hay una mesa disponible cuando llegamos, eso habla bien de ellos… creo.
Después de tanto planear vimos que por menos dinero podíamos comer en la Alhóndiga con las doñas. No nos podíamos quejar, veníamos de joda como dicen en Argentina. Comimos rico, aunque Jorge tiró el agua sobre mi plato, y fue un regateo entre nosotros, yo me hice el ofendido y le dije dos tres cosas, y unas chicas extranjeras estaban que morían de risa, hasta que una de ellas me dijo “sos un personaje” entonces todos reímos, aunque por razones distintas. La plática se centró en las diferencias de expresiones, como siempre sucede al ver un extranjero. Pasamos del personaje al boludo, y entre que pasábamos del voseo al tuteo dependiendo de quien hablaba, terminamos perdiendo cuando nos hablaron del dulce de leche, como buenos tapatíos ofrecimos las tortas ahogadas, pero estábamos lejos de poder conseguir una. No sabes cómo quise una torta ahogada, de esas de las de Don pepe, donde siempre vamos cuando no queremos cocinar pero se me pasaron cuando pedí una guacamaya. Todos comimos guacamayas y como es natural las chicas se enchilaron como si fuera el fin del mundo. Debiste haber estado ahí para recordarme que siempre me enchilo de lo lindo aunque sabes que me gusta. Uf, terminamos exhaustos con la comida, o creo que fue con el agua, el agua que siempre es de horchata, que aunque sabe rica nunca le da gusto a Alfonso, mejor pidió una cerveza y se la tomó a escondidas y nos despedimos de todos.
Caminamos de la Alhóndiga al Teatro Cervantes, creo que unas tres veces de ida y vuelta, dizque buscando un poco de entretenimiento. Buscábamos mal porque sólo nos metíamos a los bares buscando mejores precios. Había un mar de gente, gente de todos lados, hasta noruegos llegamos a ver. Entre empujones pasamos por el Teatro Juárez y nos decidimos por subir al Pípila, y ahora todos tenemos una foto panorámica de recuerdo, vaya que me sentí tan turista, creo que en los cinco años que estuvimos por acá nunca había hecho eso de las fotos que es tan popular, ahora conozco el Jardín Unión desde arriba, los hoteles cercanos, los restaurantes, etc.
Te cuento que vimos mucha gente en la plaza de San Roque o en la de San Fernando, después de tanto tiempo me sigo confundiendo, bueno la de las gradas, tú sabrás cuál. Bajamos y sin pensarlo fuimos a hacer bola y enterarnos de lo que pasaba, ni más ni menos estaba la muerte, bueno, la Catrina, deberías ver qué bonito espectáculo, recitaron poemas y esas cosas de arriba abajo, hacían bromas con la gente, todo muy bonito, hubo una broma que me dio mucha risa, esa Catrina que tenía la cara pintada y lucía unas rastas enormes y tenía una sonrisa angelical empezó a decir de una manera muy seria “me gustas cuando callas…” se hizo un aura muy romántica, no te mentiré, pensé en ti y de cuando te escribí aquellos versos de Neruda que tanto te gustan, pero en ese momento la Catrina proseguía de una manera que no me lo esperaba, he ahí la belleza de sus palabras: “me gustas cuando callas, ¡así que cállate!”, esa parte no te la dedico, eh.
Ya se acercaba la noche y lo mejor que podíamos hacer era ver el evento de Pastitos, era algo de un circo, con grúas, con bailarines increíbles, con música impresionante, la verdad un evento para recordar.
Vieras como me di cuenta de que no había estado en Guanajuato por ahí de los octubres, porque no había conocido todo el arte que se vive en el Cervantino y cómo se mezclan personas de tantos lados, entre los actores callejeros que no son agendados y los actores y músicos que son traídos de todos los rincones del mundo. Sin duda una experiencia para no olvidar.
Si después de leer esta carta que te pongo debajo de la almohada ahora que es domingo, y que no sabes lo lejos que estuve sin ti, pero pensando en ti, decides perdonarme por poner distancia entre nosotros, esperemos que ya que tengamos un hijo, el pequeño Ángel o la pequeña Sofía, depende de si es niño o niña, vamos los tres y nos damos una vuelta por ese Guanajuato que lo único que hizo fue tenernos en nuestra época de novios y ver como nos amamos por sus callejones.
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