Cae la noche y cierra sus ojos, las luces apagadas, la cobija caliente. Tiene que sacar el pie izquierdo para templar su cuerpo. Cruzando el pasillo se escucha el refrigerador cada siete minutos creando frío por dentro y calor por fuera. Afuera pasa el último autobús del día, un hombre sentado en la parte trasera que terminó su jornada laboral espera no ser asaltado por el chofer; el chofer espera no ser asaltado por el único pasajero y lo espejea cada que se detiene en una luz roja.
Al otro lado de la ciudad, en el bar que cierra casi de día, van llegando un grupo de amigos que hace años no se veían para tomar unas cervezas. Unos más gordos, otros van al gimnasio, ninguno soltero; todos con historias nuevas, siempre se cuentan las mismas historias de siempre. Los años de gloria.
En la central de autobuses salen las últimas tandas a lugares a más de tres horas de camino. Los choferes toman café. La cocaína ya no está de moda. No ponen películas ni capítulos de los expedientes secretos X, apagan las luces e intentan dormir las cuatro horas de camino. No hay tráfico por las carreteras, en los pueblos aledaños todos duermen. Intentan dormir a pesar de la violencia que hay en todos lados y que juran está peor en el norte, mientras que en el norte juran que está peor en el sur. Está peor en todos lados. El chofer intenta no dormir, intenta no atropellar a los perros que sale de la nada y que van a ningún lugar, espera no ver a la niña que dicen que se aparece después de las 3:37 am como dicen que pasa. El pasajero del asiento 19 no puede dormir; tomó poco café y espera que al llegar pueda dormir bien pero sin perder el día. En la caseta final de la ciudad destino cambian de turno; se va Lupita y llega Beatriz, le dicen Beti, mientras, sus dos hijos de padres distintos duermen en casa de sus abuelos sin saber los nombres de sus respectivos padres. Creen que Martín, el pretendiente y padre del bebé que no sabe que espera Beti es como su padre. Lo será los próximos dos años.
En el centro, en una casa de estudiantes, ya no hay personas sobrias, los vecinos piensan en llamar a la policía, no lo harán por falta de dos horas para despertar. En la fiesta quedan nueve personas, seis hombres y tres mujeres. Ellos esperan poder regresar a casa con al menos una de ellas, tomar una cerveza más y sexo ocasional.
En el puesto de tacos que sigue con el quemador encendido se juntan los amigos, ebrios, unos con novias, sin conquista otros. Los tacos son buenos a causa de las cervezas. Treinta pesos por dos quesadillas, luego a dormir. Un par de horas después despierta un hombre, revisa su teléfono, sus conocidos ya subieron fotos, él durmió.
Al otro lado del mundo comienza a obscurecer.
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